Joseph estira su mano derecha hacia el abdomen de Marie y le hace cosquillas. Ella suelta carcajadas, tantas, que acaba suplicando tregua.
—Basta, basta, por favor —ríe Marie sin control—, por favor, no puedo más.
Joseph retira la mano; ambos ríen por unos instantes más.
El coche continúa adelante a través de la ruta; tras una leve curva, se acerca un poco más a las colinas verdosas.
Entre risas, Marie gira hacia atrás sobre su asiento, observa a su hija y, al verla, su sonrisa poco a poco se desvanece. Ve que Sunny está muy seria, compenetrada en la pantalla de su móvil y concentrada en algo que solo ella puede ver.
—Sunny, hija, ¿por qué no dejas un poco eso y hablas con nosotros?
Su hija ni siquiera levanta los ojos de la pantalla que carga entre manos; solo mueve los pulgares y teclea como poseída.
—¡Sunny! —Le llama su madre de golpe.

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