Cuentos


Letras de mi mente


«El océano es más antiguo que las montañas, está cargado con recuerdos y sueños del tiempo.»

Howard Phillip Lovecraft


Comencé a escribir cuentos a los ocho años. Si bien de niño escribía lo primero que me venía en mente al mismo tiempo que jugaba, estos juegos solían tener un cierto atisbo de trama con personajes y situaciones lejanamente estructuradas. Me refiero a que no eran juegos sin sentido, sino que sin darme cuenta ya estaba construyendo historias.

En términos oficiales, debo decir que mi primer cuento fue aquel que tuve que redactar con ocho años.​

Recién había comenzado las clases en Montevideo, pues había llegado hace semanas desde la ciudad de Rocha. Un inspector de escuelas, entró en el salón una mañana y tomó el control de la clase. Me pregunto qué hubiera ocurrido si en vez de entrar a nuestro salón hubiera entrado a otro.

Estuvo un rato viendo como avanzaba la clase, dictó algunas teorías, controló la capacidad de la maestra, hasta luego de un rato, tuvo la brillante idea de darnos una hoja a cada uno y pedirnos que escribiésemos un pequeño relato inventado por cada uno acerca de lo que quisiéramos. Había un límite de tiempo.

No me sentía mentalmente preparado para esto, ni tampoco tenía demasiadas ganas de redactar nada. Aclaro que nunca me gustó la escuela, pero ese aspecto es sólo un comentario al margen en el que me extenderé en otro momento. Lo cierto es que hubo que hacer la tarea nos gustase o no.

La presión ejercida por la presencia del inspector no ayudaba. Quizás sólo quiso entretenernos para descansar un rato y hablar con la maestra acerca de lo bajo que eran los salarios, o criticar el sistema educativo en general, algo que suele ser recurrente. Quien sabe, ahora ya no hay modo de saberlo.​

Para cualquier caso escribí el pequeño relato, el cual no llegaba a alcanzar ni siquiera una carilla, tal vez media. El argumento trataba acerca de las peripecias de un caramelo masticable. Estaba escrito en primera persona. Quizás fue un poco dramático, pero fue lo que salió en el tiempo que había. El cuento por supuesto se llama: Caramelo masticable.​

Entregamos la hoja al inspector. Uno tras otro, el inspector leyó cada uno de los cuentos en voz alta. Creo que todos nos moríamos de la vergüenza. Cuando llegó el turno de leer Caramelo Masticable, el viejo rió a carcajadas al menos desde la mitad hasta el final.

En ese momento me enojó mucho que mi historia le diera risa, no era la intención generar esa reacción cómica, por el contrario. Con el tiempo entendí que es mejor generar algo aunque no sea lo buscado, a no generar absolutamente nada. No fue un gran logro para mí en ese momento, pero fue el inicio de un camino que comencé a transitar sin darme cuenta al inicio y que mantengo hasta estos días.​

En esta sección que con mucho agrado les dejo aquí, estaré publicando varios de mis cuentos escritos desde mis comienzos como escritor hasta los más recientes. Deseo que sean de vuestro agrado y estaré atento a los comentarios que me hagan llegar.

A continuación, te invito a seleccionar un cuento que sea de tu predilección según género o temática que más te interese, dar clic y dejarte llevar párrafo a párrafo:


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