La historia que gotea en este relato corto nos sumerge en una trama que destaca la importancia de valorar el amor y la vida, incluso en situaciones adversas y ante el rostro de la muerte. A través del personaje emocional, nos sumergimos en reflexiones profundas sobre la fragilidad de nuestra existencia y la importancia de apreciar cada momento.

Título original: Gotas que denotan que mi vida se agota.
© Autor: Luis Aníbal Nez.
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Gotas que denotan
que mi vida se agota
Al inicio del final abrí mis ojos, vi la nieve cayendo sobre mí. Sentí tanto frío.
Tan abundantes eran los copos que apenas podía mantener abiertos los párpados. Me encontraba tendido boca arriba sobre un suelo alfombrado por nieve. A mi alrededor, el níveo bosque era como interminables escaparates ofreciendo cientos y cientos de árboles de navidad.
No obstante, nada similar a Santa Claus podría encontrarse por estos parajes. Algún tipo de voz entrecortada, extraña, lejana, parecía sonar arrastrada por el viento, articulando sonidos devenidos en palabras incomprensibles. Prestando más atención, pude deducir que esas palabras evocaban en verdad mi nombre.
El viento helado alejaba de mí este sonido de tanto en tanto, iba y venía. Cuando podía volver a escucharlo una vez, dos, tres veces o más, este se desvanecía por completo. Me quedaba entonces tan solo con el retumbe de los lejanos ecos residuales, los cuales rebotaban contra los pinos hasta regresar a mí.
Una cabaña en medio de la nada, inmersa entre herbaje de montaña a metros de donde me encontraba, tenía una ubicación aislada a más de diez millas de cualquier ser humano que pudiera ayudarme. Me di cuenta de que me encontraba completamente perdido y solo.
Giré el rostro hacia mi derecha sacudiendo la escarcha acumulada en mis cejas, pestañas, espesa barba y bigote. Mis ojos vieron una pequeña jeringa vacía sobre la nieve. El níveo suelo se encontraba manchado con un chorro púrpura entre dicha jeringa y mi brazo derecho.
No pude evitar preguntarme qué demonios estaba ocurriendo aquí, aunque no pude responderme, ni tampoco comprender nada. La voz comenzó a sonar de nuevo cuando ya casi la había olvidado, ahora más clara que antes. Me llamó por mi nombre en evidente tono de lamento, cual largo y triste llanto, aciago cual tortura china.
Al escucharla ahora con más claridad, noté que se trataba de un berrido femenino, tras lo cual me pregunté en voz alta…
—¿Quién es esta mujer? ¿Quién? —hice un primer intento por incorporarme, fue fallido—. ¿Qué diablos me había ocurrido?
Aunque con dolor y dificultades de movimiento logré incorporarme del suelo blanquecino. Necesitaba saber quién era esa mujer que me llamaba por mi nombre, también requería algunas respuestas. Desde mi posición alcancé a ver un nido con la visión algo difusa, a causa de los cuantiosos copos que aún caían a mí alrededor.
Allí estaba ese hogar para aves, una perfecta guarida invernal construida entre ramas de un pino cercano a dos metros por encima de mi cabeza. Incluso alcancé a ver algunos pichones hambrientos, una necesidad con la que me identifiqué enseguida.
Además del hambre, esos pichones y yo compartíamos también el mismo tipo de temblequeo, a causa del frío cruel que helaba hasta los huesos. Mi prioridad era combatir esto, pues las prendas que vestía no eran suficientes para detener ese viento gélido.
Tan sólo llevaba puestos una camisa fina de franela, unos jean empapados en humedad, y mocasines viejos con suelas gastadas. La piel de mis manos padecía de una coloración entre celeste y violácea. De inmediato deduje que mi rostro debía tener un color similar. Entonces me dije:
—¿Cuánto tiempo habré estado tendido sobre la nieve? ¿Cuánto tiempo habré estado durmiendo o quizás…desmayado? —imposible saberlo, no podía recordar nada, no aún.
Haciendo crujir la nieve bajo mis pies logré avanzar con grandes dificultades, hasta quedar de pie frente a esa cabaña. Trastabillé, caminé como pude en esa dirección, abrazándome a mí mismo para soportar mejor el frío. Enseguida aceleré mis pasos, hundí los mocasines gastados en la nieve hasta que pude alcanzar por fin la puerta.
—¿Acaso es esta mi casa? —me pregunté confundido; deduje que sí.
Escuché de nuevo entonces la voz femenina, volvió a llamarme. La sentí más cercana ahora, al punto de notar que no me era del todo desconocida, había algo estremecedoramente familiar en ella. Aún así me volví a decir…
—¿Quién es esta misteriosa mujer?
No pude recordarlo; maldita memoria o lo que sea que me la estuviera usurpando.
Me adentré en la cabaña. La puerta de madera estaba abierta, de todos modos debí empujarla con fuerza para abrirla. Me sentí aliviado al no tener la corriente de aire sobre mí, por fin me encontré al abrigo del gélido viento que soplaba fuera. Me froté los brazos con ganas para intentar darme algo de calor; temblaba de pies a cabeza. Tan intenso era el frío que hasta dolía.
No reconocí nada dentro del monoambiente de esta cabaña. Recorrí el interior de la finca, cada rincón, pero nada de lo que vi me resultó familiar.
Recordé el chorro púrpura tiñendo la nieve. Me examiné el lado interno de mi brazo derecho, encontré múltiples puntos rojos a lo largo de la piel. Necesitaba averiguar ya lo que estaba ocurriendo, recuperar el control. Escuché de nuevo a esta mujer, volvía a llamarme una vez más sin darme respiro, sin dejarme en paz.
Noté que el llamado provenía desde el otro lado de la cabaña, así que atravesé la estancia y salí por la puerta trasera. Dediqué un último recuerdo a los pajarillos hambrientos allá en el nido, mientras aguardaban la llegada de su mamá con alimento para paliar el frío intenso.
Cuando esta extraña mujer vuelve a llamarme con más claridad que nunca, posé mis pies fuera de la cabaña en la parte trasera; volví a hundir los mocasines en fría nieve. Se terminó el alivio. Me encontré entonces con el peor panorama posible.
Un pequeño estanque que se encuentra a unos veinte pasos más allá de la puerta trasera de la cabaña, rodeado por un suelo completamente recubierto de nieve, estaba inundado por espesa sangre muy roja mezclada con el agua. El contraste era muy intenso. Tragué saliva, me acerqué con lentitud. Acorde me aproximaba, se incrementaban los gritos de la mujer.
Simultáneamente, cuanto más cerca me encontraba, con más claridad veía que un cuerpo flotaba boca abajo en ese estanque purpúreo. Se trataba del cuerpo de una mujer de cabellos negros, al cual vi flotar ya sin vida en medio de esa sangre concentrada.
Por mero impulso me introduje de inmediato en el estanque con la mencionada sustancia arterial llegando hasta mi cintura. Con lágrimas en mis mejillas levanté en brazos a mi amada, mí enamorada. Aún no lo recordaba todo, pero algunos recuerdos entre sombras comenzaban a aclararse.
Era evidente que ella había optado por controlar su destino, intervenir en el inexorable modo de viajar al más allá, adonde sería arrastrada inminentemente de todos modos por un hambre implacable. Lloré como nunca con ella aún en mis brazos dentro del estanque, mi rostro pegado a su abdomen.
Mis lágrimas se mezclaron con su sangre. Salí finalmente del estanque llevándomela conmigo en brazos. A un costado de la cabaña cavé un pozo con mis propias manos, debiendo penetrar la espesa nieve y tierra endurecida tan sólo con mis dedos. Nada de eso me detuvo.
Deposité su cuerpo en el fondo de esta improvisada tumba, una vez que fue suficientemente profunda. Hecho esto, regresé a la cabaña para escribir estas líneas que tú, quien quiera que seas, estás leyendo ahora mismo. Escribí todo esto sin saber el interés que alguien podría tener en leerlo, pero ahora ya es tiempo de dejar de lado este lápiz gastado.
Lo que haré ahora será desclavar el vidrio que mi amada tiene enterrado hasta la mitad, en el lado interno de su muñeca izquierda, me sentaré al borde de la tumba que para ella he cavado, donde yace y rebanaré cada una de mis venas.
Me dejaré envolver por el dolor y la desesperada angustia de dejar este mundo, algo que con seguridad será sumamente intenso y tortuoso. Confío en que el aire gélido ayude a amortiguar ese impacto. Mi sangre caerá sobre ella, me sentiré más cansado cada vez, entonces dedicaré una última mirada a esos pichones del nido.
Estaré feliz por ellos que logran sobrevivir en este apocalipsis mientras nosotros, supuestamente más inteligentes y evolucionados, perecemos merecidamente como moscas. Le dedicaré a ella mis últimos pensamientos, recordando ahora sí, gratos momentos que juntos hemos vivido.
Me dejaré arrastrar por la implacable muerte, esa que no podemos engañar de ningún modo posible, siempre tan atenta a cada uno de nosotros. Veré con resignación mis heridas, mientras dejan escapar borbotones de purpúreas gotas que denotan que mi vida se agota.

FIN

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