A más de 40 años de la Guerra de Malvinas, les comparto un relato que nos enseña lo que de verdad es, o debiera ser realmente importante antes que cualquier guerra.

Título original: Taza de té.
© Autor: Luis Aníbal Nez.
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Malvinas
Ráfagas de fuego recortan el aire gélido alrededor de un joven soldado llamado José González.
Es una tarde de otoño de mil novecientos ochenta y dos en las Islas Malvinas. Se acerca el crepúsculo. Las balas surcan con su finalidad dañina, destructiva, hacia un lado y otro. En su camino supersónico buscan carne para perforar y quemar, o huesos para quebrar. Una llovizna cae sobre el lugar con finas gotas de agua, frías como el hielo a pesar del fuerte brillo del sol.
Las nubes no cubren al astro rey. La lluvia hace descender aún más la baja sensación térmica que los soldados soportan en este campo de batalla. Han convivido con este clima desde hace semanas. A pesar del frío, el joven José González suda en abundancia, siente tanto calor como también miedo y desesperanza.
El enemigo está cerca, han acorralado a sus camaradas y a José mismo; no hay escapatoria. Faltan tres semanas para su cumpleaños. José ansía disfrutar de esta festividad junto a su familia y muy especialmente junto a Griselda, la chica con la cual se ha comprometido antes de embarcarse.
Piensa en esto el soldado González cuando, a falta de ruido de sus camaradas, examina a su alrededor. Descubre que él es el único que aún dispara su ametralladora. Está solo, indefenso, nadie le cubre la espalda. Una bala británica zumba amenazante muy cerca de su oído derecho; se lo tantea para asegurarse de que no lo han cercenado.

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