Lágrimas se asoman en los ojos de José.
—Ndoo, ndoo.
—González, usted… tendrá a los mejores especialistas, le juro por Dios que haremos todo lo que esté a nuestro alcance para que vuelva a caminar —le miente el médico.
Esta mentira no es creíble ni siquiera para José, cuyas lágrimas en sus ojos estallan sin consuelo al escuchar esto. El médico intenta tranquilizarlo, le palmea el hombro, eso no lo consuela.
—¿Mdi fatnmidlia sagdbe?
—Todavía no le dije todo, González.
José traga saliva, el médico se seca el sudor.
—¿Tdobdo?
—Un camarada suyo le salvó la vida en el campo de batalla, en Isla Darwin. Usted estuvo muerto unos segundos. Después, en el continente le aplicaron cirugía, le extrajeron las balas, pero usted entró en coma, había perdido mucha sangre. A veces salía del coma por minutos, hasta llegó a estar despierto un día entero. Pero cayó en ese estado otra vez y ya no volvió a despertar, hasta ahora. Usted está estable, González, pero hay algo más que debo decirle… —el médico mira hacia un costado y hacia abajo, luego hacia el otro, se seca la transpiración de la frente. Toma coraje, carraspea y vuelve a hablar—. Ya no estamos en el año ochenta y dos, González, estamos en dos mil tres. Usted es un milagro de la ciencia, se despertó después de veintiún años en coma.

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