José observa a Griselda, admira esa sonrisa tan alegre. La ve sin abrir los ojos ni sentir vértigo en la contundente caída. Su salto lo lleva a este destino, junto a la persona que más ama.
—Te quiero decir algo, Pepe —le anuncia Griselda sin perder la sonrisa.
—Decime.
La joven da vuelta la taza de té, la coloca sobre el plato con la abertura hacia abajo y la base hacia arriba. Luego, repasa con el dedo índice todo el contorno exterior del asa.
—Si te fijás con mucha atención en esta taza de té y en esto —vuelve a repasar el asa con la yema del dedo índice— ¿qué me dirías que ves?
—¿Qué veo? ¿Qué veo que no sea una taza de té? —ella ríe un poco con el comentario.
—Claro, tonto, ¿qué otra cosa verías? —Sonriente, José mira el objeto con atención.
—Un tipo con el brazo puesto así… —le responde José y coloca su brazo derecho en jarra.
—Podría ser, podría representar a una persona, pero no es su brazo.
—Mhh… ¿para qué querés que adivine eso?
—Dale, jugá conmigo, seguime la corriente. Usá la imaginación y decime qué más ves.
—Está bien —José piensa durante un segundo— ¡ya sé! Es la cara de un tipo, el asa es la nariz.
—Ay, no, también podría ser, pero no. Dale de nuevo, última oportunidad.
—Dame una pista, Gri.

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