Desea disfrutar de la compañía de su prometida, casarse con ella, tener hijos, volver a tomar el té como el día en que se conocieron. Sonríe al recordarla frente a él con la mesa del café de por medio. Se concentra en esa imagen, fija su esperanza en resolver la actual circunstancia para volver a vivir todo eso.
Deja atrás todo lo ocurrido desde su paso por la colimba, su embarque y viaje hacia Islas Malvinas con todo el infierno posterior. Ya no desea rememorar nada de eso. Con algo de esfuerzo gira la cabeza de derecha a izquierda, pues la única puerta de la habitación se abre entre chillidos de goznes. A la estancia ingresan de a uno varios ancianos.
La mayoría de ellos caminan con dificultad o con bastones; otros se apoyan en caminadores y bastones geriátricos. Cuando varios de ellos descubren que José está despierto, se lo quedan viendo estupefactos, lo miran boquiabiertos. Tras los ancianos, ingresan a la habitación un par de enfermeras. Del mismo modo, estas lo observan asombradas ni bien lo descubren espabilado.
—¡Es un milagro, esto es un milagro! —Exclama una de ellas tras haber corrido hacia la cama—. ¡Andá, avísale al médico! —Le pide a la otra enfermera petrificada por la estupefacción—. ¡Dale, por favor, andá a llamarlo! —La enfermera reacciona, corre, la que se queda con él lo observa, lo mira con atención, le toca la frente, luego le sonríe con cariño.
—Bienvenido a la vida, José. ¡Usted es milagroso! —Ríe un poco nerviosa y alegre al mismo tiempo— ¿Cómo se siente?

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