Sus brazos, visibles desde el codo hasta la punta de los dedos, lucen muy delgados, sin musculatura, con piel arrugada y manchada. La cicatriz del impacto de bala aún es claramente visible en su brazo derecho. Es un cráter que le genera rugosidades extras del lado interno a mitad del antebrazo. Ya está perfectamente curado.
De inmediato se apresura a mover sus pies. Como con las manos, trata de mover primero los dedos; no responden. Los ve cubiertos por sábanas, les da orden de moverse con su mente, pero no obtiene resultados, no parece tener control sobre ellos. Deja de lado esos intentos. Un escalofrío recorre su cuerpo, deduce las consecuencias que tienen en él las heridas recibidas.
Piensa en la idea de haber perdido para siempre el control de sus piernas. Enseguida sus ojos se llenan de lágrimas; estas caen, mojan sus mejillas, se desbordan. Lo invade una muy profunda tristeza derivada en angustia. Inevitablemente piensa en su prometida. La recuerda tan bonita en el café de la esquina del barrio, en Buenos Aires, donde la conoció una tarde de invierno.
Él bebía un capuchino, ella un té. Se derrumba de angustia, al deducir que Griselda no querrá casarse con un lisiado al que deba acarrear por el resto de su vida. ¿Quién querría eso? No imagina su vida sin ella, sería una ruina para él, una existencia de sueños rotos y alma en pena, perdida.
Sostiene una quebradiza esperanza de que su diagnóstico sea temporal, como sus ojos al tener que adaptarse a la luz. Tal vez sus piernas también necesiten tiempo para adaptarse, puede que solo sea eso. Nada le daría más alegría, aunque el proceso le lleve varios años. Pretende mantener su firme convicción de recuperarse a pesar de que cueste tiempo de vida.

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