Confirma que aún lo tiene en su sitio. Pierde la cuenta del tiempo transcurrido desde que comenzó a defender este endeble perímetro horas atrás. Desde entonces mantiene el dedo en el gatillo casi sin pausa, solo para recargar munición. Dispara a todo lo que se mueve, se ensordece con sus propios estallidos, esto lo enloquece pero no puede dejar de defenderse.
Mira hacia el suelo cerca de él. Uno de sus camaradas se encuentra allí, boca arriba sobre el fango, agonizante, sin esperanza. Es justo a este joven camarada a quien quiso rescatar de la balacera inicial del asedio. Había sido alcanzado por un proyectil letal, cayó en combate y sufrió a causa de la honda herida resultante.
Ya no hay nada que pueda hacer para salvarlo, lo deja sobre el suelo, tembloroso, frío, muy pálido. Aguarda su turno para que le abran de par en par las puertas del Cielo, siempre y cuando tenga suerte. Muchos de sus camaradas en combate no calificaron para esto, en especial sus superiores, quienes de seguro descenderán al Infierno.
De pronto, gritos a todo pulmón salen de la boca de alguien cerca de su posición. González gira la cabeza. A pesar de las dificultades visuales a causa de la llovizna, ve que un camarada de otro batallón lo llama con desesperación. No lo conoce. Este último, junto a otros, le hace señas con las manos, le advierte de algún peligro que corre al permanecer expuesto en medio de la balacera.
Antes de reaccionar a tales advertencias, siente José un doloroso, violento golpe muy fuerte y caliente en su brazo derecho. Una bala lo alcanza y atraviesa, casi parte su brazo en dos. El dolor del momento hace que su arma caiga al suelo. Se sujeta la herida con la otra mano.

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