Segundos después, siente que una segunda bala le atraviesa el hombro derecho de lado a lado. Su propia sangre le salpica el rostro en el instante del impacto, la piel y los músculos ceden, se rompen ante aquel proyectil caliente que lo perfora a gran velocidad. Esto lo hace retroceder un par de pasos, recula con el trasero pegado al fango, intenta no caer, quiere llegar donde sus desconocidos camaradas.
Gira su cabeza en dirección a estos mientras le cubren la huida, se esfuerza por alcanzarlos, se arriesga a despegar del suelo con esta finalidad. Es justo en ese instante cuando una tercera bala le impacta de lleno en el pecho. El golpe es tan fuerte que cae con estrépito hacia atrás, como si hubiese resbalado sobre un parqué demasiado lustrado.
Su espalda golpea en el barro del campo de batalla. Ya no siente dolores luego de la tercera bala, solo permanece allí en el suelo, quieto, en silencio, con lluvia gélida goteando sobre sus mejillas y con débiles rayos de luz solar que lo alcanzan sin calidez alguna.
En algún punto se marea, ve borroso, nota que sus camaradas se arriesgan a ir a por él. Inevitablemente pierde el conocimiento o quizás, incluso, si Dios le ha soltado la mano, puede que hasta deba despedirse de su tiempo en la vida.

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