Ronald disfrutaba de un día tranquilo cuando recibió una noticia desagradable que rápidamente hizo que sus planes cambiaran de forma radical. Deberá tomar medidas acordes a la situación y adaptarse a esta nueva realidad inesperada.
El impacto de esta noticia cae como un balde de agua fría, de repente, todas las actividades que tenía programadas para el día se vuelven irrelevantes y necesita enfocar su atención en lidiar con esta situación.

Ronald va camino al trabajo bajo la fría mañana otoñal, cuando una simple llamada lo cambia todo.
Hay niebla, también hay viento, pero más allá de eso no hay nada. Nunca suelen suceder cosas importantes en Santa Rosa, pequeño pueblo ubicado en el departamento de Canelones, Uruguay. La casa que Ronald y sus compañeros de trabajo están pintando por esos días debe contar con su presencia a las ocho en punto de la mañana.
A las siete, no obstante, ya debe estar en el lugar para preparar la indumentaria, herramientas, pinceles, brochas y, por supuesto, también los colores de la pintura. Es por este motivo que el muchacho pedalea con cierta prisa en su bicicleta vieja, descendiendo por una suave pendiente, una de las asfaltadas que hay en Santa Rosa.
Al final de dicha calle se encontrará con una intersección en forma de T, la cual lo depositará directo en la calle principal del pintoresco y aburrido pueblo. Es justo en ese instante, cuando el timbre de su móvil comienza a sonar, es incesante. Antes de responder al llamado, a Ronald se le cruzan por la mente imágenes recientes que ha querido borrar; no ha podido, le resulta imposible.
Medita acerca del modo en que han acaecido los hechos recientemente, le preocupan mucho. No es momento ahora de arrepentimientos ni mucho menos. Ha decidido que una vez llegue al lugar de trabajo, incluso antes de comenzar con sus tareas habituales, hará una llamada que considera importante. Sucumbe ante el incansable timbre de su teléfono móvil, maldice al aire generando nubecillas de vapor con su aliento y se detiene en la primera esquina.
Los frenos de su bicicleta vieja ya están gastados, oxidados. Logra detener el avance, desmontarse, apoyar el vehículo con el pie metálico atornillado a la rueda trasera. El barato teléfono móvil de pantalla con luz naranja y letras casi ilegibles continúa taladrando sus oídos con una melodía irritantemente aguda.

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