Tal es su cansancio que ni siquiera tiene fuerzas para quitárselas. Se trata de un pesado rifle, una ametralladora, dos pistolas, un machete y dos cuchillos. Se recuesta contra la pared que ostenta la ilustración artística, quizás bíblica; las armas quedan entre su espalda y la pared.
El sueño se le empieza a tornar insoportable para sus ojos, sabe que si se deja llevar por las mieles de Morfeo dormirá más de la cuenta; lo cual podría ser un suicidio. Opta por resistir los deseos de dormir y exprime su mente con múltiples cuestiones sin tomarse descanso.
En medio de cavilaciones mira el cielo, las estrellas y Luna menguante; no hay nubes. El aire comienza a ser fresco conforme avanza la noche. El ruinoso paisaje de escombros que se extiende a su alrededor por kilómetros y kilómetros a la redonda, se recorta con la tenue luz de su fogata, ésta, crea en ocasiones imágenes fantasmagóricas.
Su cabello, que originalmente solía ser dorado como Sol de otoño al atardecer, es ahora oscuro, sucio, absolutamente desalineado. Suele recordar su pelo en la niñez y juventud, siempre solía caérsele sobre el rostro, eso le molestaba. Su cabello, así como todo aspecto físico en general, es lo que menos le preocupa desde hace mucho tiempo, en especial desde que se ha adentrado en los límites de la ciudad.
Su vestimenta, que es mayoritariamente oscura, siente que le sobra debido al calor, molesta sobre su cuerpo. Quisiera quitársela toda, pero esa no sería buena idea. Dichas prendas son lo más cómodo y a la vez molesto que haya vestido jamás. A fin de cuentas, en ese lugar no hay hombres que juzguen su ropa o apariencia y si los hay, probablemente sean enemigos.

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