Entonces, en un instante de autodescubrimiento y sensación inevitable, sus ojos pestañean una vez más. En lo que tarda el pestañeo ve lo inimaginable. A poca distancia, descubre a una mujer que ha quedado congelada de miedo con solo verlo.
Ella se detiene en la orilla contraria a la suya, con la piscina natural de por medio. Examina con ceño fruncido y ojos enormes al hombre de piel cromada, se siente estupefacta, atemorizada, no sabe cómo reaccionar ante semejante cosa.
Los pocos objetos que trae consigo caen de sus manos. Una suave brisa estival mueve su largo cabello oscuro. Se abraza a sí misma. Se contrapone a su miedo, rodea la piscina natural, se acerca a él con gran curiosidad.
Él se emociona, no puede evitar deslumbrarse ante tal presencia. Dos gotas de mercurio brotan de sus ojos, son gruesas, compactas, cromadas; éstas resbalan por propio peso en las espejadas mejillas, generan un suave chirrido.
Las lágrimas de cromo ruedan por su rostro, rebasan el mentón, hasta que caen en la arena, allí se hunden en un par de hoyos. La chica ve esto con claridad, se lleva una mano a la boca, se congela, retrocede, frunce el ceño. Los separa una distancia de diez pasos. Ella por fin decide arriesgarse, reanuda la marcha, se acerca aún más, no sin antes examinar las gotas que han caído y dejado hoyos en el suelo.

Deja un comentario